El Sol de Mayo PDF Imprimir E-mail

Hace muchos años, creo que en 1969, cuando cursaba el sexto grado de primaria, mi padre me obsequió las novelas históricas de Juan A. Mateos, que publicó entonces la Editora Nacional en una colección de reproducciones facsimilares de las ediciones príncipe de los más destacados textos históricos mexicanos del siglo XIX.


Eran ejemplares que hacían las delicias de quienes, como yo, carecíamos de recursos para adquirir los auténticos en las librerías de viejo; en cambio, recurríamos a los libros de las tres B —buenos, bonitos y baratos, como anunciaban en su cuarta de forros—, leyéndolos con emoción a pesar de su mal papel y pésima encuadernación.


Benemérita Editora Nacional, ya desaparecida, me proveyó de casi un centenar de libros que hoy, reencuadernados y reempastados, tengo en mi biblioteca, ahorrándome el gasto de comprar los originales; no hacen mella en mí las razones bibliófilas que alguno me ha espetado al criticar la colección que poseo de esa editorial, puesto que para quien esto escribe, lo verdaderamente importante era leerlos y aprender de ellos y en ellos.


Pero regreso al punto inicial de este artículo, ofreciendo disculpas por esta digresión nostálgica. Entre las novelas de Juan A. Mateos que en aquella ocasión recibí, estaba la serie que el autor dedicó a la llamada “gran década nacional”, es decir, a los años que corren entre 1857 y 1867. Tres novelas comprende esta serie: Memorias de un guerrillero, que versa sobre la guerra de Reforma; El sol de mayo, que, obviamente, se refiere a la intervención francesa, teniendo como tema central la batalla de Puebla del 5 de mayo; y El Cerro de las Campanas, cuya trama gira alrededor del segundo imperio mexicano.


Como curiosidad literaria, hay que decir que Mateos escribió esta serie de manera contraria a como lógicamente se esperaría: comenzó por el último de los títulos y concluyó con el primero; es decir, lo hizo al revés, iniciando por el final y terminando con el principio. Cosas de los escritores.


Leí las tres con frenética emoción. No me atrevería a afirmar que sólo a esta lectura debo mi interés por esa etapa de nuestra historia; a mi mente vienen muchísimas obras que, degustadas en esos mismos años, me hicieron vivir y soñar con aquellos tiempos, en los que me era posible imaginar a Juárez, a Miramón, a Maximiliano y —asunto que quiero remarcar el día de hoy— a Ignacio Zaragoza. Lo que sí puedo asegurar es que Juan A. Mateos, a través de El sol de mayo, me transportó literalmente a los días en que el general Zaragoza moría, en septiembre de 1862: la narración de su enfermedad, las fiebres y sus delirios, el accidentado traslado a Puebla —escenario de su victoria pocos meses antes y sitio en el que fallecería—, la lastimera agonía que padeció entre el sopor del silencio, roto por las imprecaciones que el moribundo lanzaba, mortificando a sus oyentes, los que con gran pesar y cariño soportaban la andanada delirante de su general que exhalaba el último suspiro.


Recuerdo que estas páginas de El sol de mayo me impresionaron vivamente, por lo que decidí indagar todo lo que pudiera acerca de ese hombre que tenía el gran mérito, ante mis ojos adolescentes, de morirse a tiempo, de abandonar este mundo cuando se encontraba en la cima de la fama y del prestigio, alcanzando así el calificativo de héroe y de “invicto” que le atribuyeron sus contemporáneos primero y los historiadores después.


Creía entonces que sería algo así como una herejía histórica pensar en que, si Zaragoza hubiese sobrevivido, lo más seguro es que los franceses lo hubieren derrotado al año siguiente, cuando volvieron a sitiar Puebla, obligando a rendirse al Ejército de Oriente, al mando de Jesús González Ortega, sucesor de Zaragoza. ¿Qué hubiera sido de Zaragoza?, me pregunté varias veces, tratando de no responderme por temor a una irreverencia patriótica.


Ahora, al cabo de los años, cuando he profundizado mucho más en el personaje, he llegado a la conclusión de que, en efecto, se trataba no de un héroe de bronce o de mármol, pero sí de un gran hombre, tan lleno de virtudes y defectos como todos los tenemos.


Muchas veces he meditado sobre lo que significó el año de 1862 para Ignacio Zaragoza, llegando a la conclusión de que, en los sucesos de esos días, está la clave para entender lo que, a mi juicio, es la biografía de un hombre que, como muchos otros en la historia universal, han sido convocados para un momento especial, para una ocasión singular, para realizar una hazaña señera, para desaparecer después, dejando tras de sí no sólo ejemplo y grata memoria, sino un episodio simbólico que marca las épocas y distingue los tiempos. No sé por qué, pero en este momento se aparece en mi mente la figura de otro hombre —don Juan de Austria— que también nació y vivió para cumplir con una misión muy particular, la de ser el vencedor de la batalla de Lepanto.


Creo que así fue Zaragoza, cuya existencia, más o menos la de un militar como había muchos en México, no era particularmente llamativa hasta que llegó el año más intenso de su vida, cuando el presidente Juárez —quien le había confiado primero la secretaría de Guerra y Marina— le pide que deje la cartera ministerial para encargarse del mando del Ejército de Oriente, unidad militar que debía hacer frente a las potencias invasoras que habían desembarcado en Veracruz. La ineficacia, lenidad y cobardía del anterior comandante del Ejército de Oriente obligó a don Benito a sustituirlo por alguien de su entera confianza, y ésta la tenía Ignacio Zaragoza, un joven general —de apenas 33 años de edad— que había destacado con algo de fortuna en la guerra de Reforma.


Sin embargo, Zaragoza no las tenía todas consigo, pues la misión que le encomendó el presidente resultaba casi imposible de cumplir. En primer lugar su “ejército” existía sólo en el papel y en la imaginación de Juárez, porque en realidad se reducía a unos cuantos miles de hombres, andrajosos y sin uniformes, mal comidos y peor pagados, desorganizados y sin adiestramiento, sin armamento y sin pertrechos, y para colmo, la gran mayoría reclutados mediante el procedimiento indignante de la leva.


Para complicar las cosas, uno de los edificios que ocupaban las tropas al mando de Zaragoza, en San Andrés Chalchicomula, explotó accidentalmente, sepultando entre sus escombros a casi un millar de soldados, cuyas vidas desperdiciadas harían mucha falta después.


Eso no era todo: anímicamente, Ignacio Zaragoza se hallaba en el peor momento de su vida, pues su esposa, doña Rafaela Padilla, falleció en enero de ese mismo año, dejándolo no sólo viudo, sino con una niña de pocos años, a quien debió abandonar para asumir el mando del Ejército de Oriente. Zaragoza partió a la campaña llevando a cuestas el dolor por la muerte de su esposa y la angustia por el futuro de su hija.


En estas condiciones, no queda más remedio que considerar al triunfo en la batalla del 5 de mayo como un verdadero milagro. Al amanecer de ese día, Zaragoza despertó presa de una inspiración casi mística. Montó a caballo y salió para pasar revista, por última vez, a sus tropas. Frente a ellas, con el enemigo a la vista, una súbita elocuencia se apoderó de él: ¡soldados, leo en vuestra frente la victoria, tengo fe ciega en el triunfo! Y sus palabras resultaron proféticas, pues al terminar las hostilidades, envió un telegrama en el que sintetizaba los increíbles acontecimientos de esa épica jornada: ¡Las armas nacionales se han cubierto de gloria!


En El sol de mayo, Juan A. Mateos dijo: “en los campos históricos de Puebla, Dios bendijo tus armas, patria mía”, y yo agregaría que, en efecto, las bendijo a través de la acción de un hombre providencial, de un ser humano cuya existencia estaba destinada a brillar en ese día, en ese solo día; no había brillado antes, no brillaría después: nada más ese día, el día señalado para que condujera las armas mexicanas a la victoria. Instrumento de altos designios, Zaragoza estuvo allí, en Puebla, el 5 de mayo. Después, el Congreso mexicano declararía que, a través de Zaragoza, “Dios había protegido la causa de la justicia”.

Por José Manuel Villalpando

 
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